Tomar la dirección creativa de una plataforma como Fashion Week implica una contradicción interesante: dejar de hablar desde la voz propia para amplificar la de otros.
Ese fue el punto de partida.
Más que imponer una visión estética cerrada, la intención fue romper con la inercia de un formato que, durante años, había repetido estructuras, nombres y fórmulas. La apuesta no estaba en reinventar la moda desde una narrativa personal, sino en rediseñar el espacio donde esa moda sucede.

Imagen: FWMX

El cambio empezó desde lo más visible: una pasarela que se pensó menos como escenario y más como galería. Un espacio donde el desfile no fuera únicamente una secuencia de salidas, sino una posibilidad performática. La idea era clara: si la moda necesita evolucionar, también lo tiene que hacer la forma en la que se presenta.
No se trataba de replicar lo que ocurre en otras capitales, sino de construir algo que respondiera al contexto local. Menos aspiracional en el sentido tradicional y más conectado con una audiencia que busca identificarse, no solo admirar.
Esa misma lógica se trasladó a la curaduría. La inclusión de nuevos diseñadores no fue un gesto simbólico, sino una forma de tensionar el sistema. Propuestas más cercanas, más usables, más aterrizadas en la realidad de quien consume moda hoy. Ahí empezó a notarse una diferencia: no solo en lo que se veía, sino en cómo se sentía.

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El objetivo no era únicamente cambiar el contenido, sino también la experiencia. Desde la iluminación hasta la configuración del espacio, todo se trabajó para generar una sensación distinta: más sobria, más limpia, pero con intención. Una base que permitiera que cada diseñador tuviera claridad en su discurso.
Sin embargo, uno de los movimientos más relevantes ocurrió fuera de la pasarela.
Entender Fashion Week como una herramienta más allá de comunicación y marketing implicó abrir espacio a lo comercial de forma directa. El trunk show fue prueba de ello: decenas de diseñadores, una curaduría de precios accesibles y un resultado contundente en ventas. Más allá de la cifra, lo importante fue el mensaje: la moda no es solo algo que se observa, es algo que se puede adquirir, usar y vivir.

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Ese gesto, aunque práctico, también es ideológico. Rompe con una de las narrativas más arraigadas en la moda local: la aspiración basada en lo inalcanzable. Durante años, el discurso giró alrededor de piezas pensadas para ocasiones específicas, alejadas de la vida cotidiana. Hoy, la conversación parece moverse hacia otro lugar: uno donde la relevancia está en lo que se usa todos los días.
Bajo esa lógica, el verdadero reto no es solo elevar la percepción de la moda, sino acercarla. Hacerla comprensible, deseable y, sobre todo, accesible desde una perspectiva cultural.
También hay una reconfiguración del rol del propio director creativo. Aquí no se trata de imponer gusto, sino de construir plataforma. De entender que una industria no se define por afinidades personales, sino por su capacidad de integrar distintas visiones, incluso aquellas que no necesariamente dialogan entre sí.

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Esa tensión —entre control y apertura— es donde empieza a tomar forma una nueva dirección.
Hacia adelante, la ambición es clara: que Fashion Week deje de percibirse como un evento aislado y se convierta en un movimiento. Un momento en el que la ciudad entera participe, donde la moda dialogue con otras disciplinas y donde el público encuentre múltiples puntos de entrada.
No como espectador distante, sino como parte activa.
Porque si algo queda claro en este nuevo planteamiento, es que el futuro de la moda local no depende únicamente de los diseñadores, sino de la capacidad de construir una cultura alrededor de ellos.

Y en ese escenario, el rol del creativo cambia por completo: ya no diseña únicamente ropa.
Diseña el sistema donde todo eso puede existir.

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